
Si se entiende la humanización como un ideal de ser humano, no hay personas más deshumanizadas que los maestros.
Día a día, un maestro ordena y exige y si algún estudiante no cumplió su orden, se pensará cual será el mejor castigo, ya sea con una baja calificación o reportándolo ante la coordinación.
Un empresario se pregunta porque la secretaria no vino, pero un maestro se pregunta será que mando excusa, porque si no la envió no podrá presentar el examen. Cuántos profesores de educación física dan a todos los niños la tarea de darle 10 vueltas a una cancha en pleno medio día y con la incesante luz del sol, sin saber cuántos chicos tendrán problemas respiratorios, cardiacos o cuantos están necesitados de afecto.
Ahora bien, en las escuelas se lucha por hacer de los estudiantes personas más “humanas”, pero no deja ser teoría y, es realmente difícil hacer que la escuela enseñe a ser más humano, sobre todo porque las personas a las que les enseña viven en un país capitalista donde no importa cuantas veces se pise la cabeza del otro con tal de ser el mejor; entonces, atreverse a romper paradigmas implica directamente la muerte de la escuela misma.
Pero cómo decirle a un niño que puede tomarse el tiempo que quiera para aprender algún concepto, cuando la escuela y el mundo se mueven sobre el lema: “el tiempo es oro”.
Construir un concepto de maestro desde los cimientos de la humanización, es una tarea compleja, porque actualmente un maestro se ve enfrentado a multitud de situaciones adversas y hasta contradictorias en el campo de la educación. Esto hace que se confunda el rumbo y no se tenga muy claro, qué se espera que sea la persona puesta al frente de los estudiantes y qué se espera que haga. Ser y hacer, he ahí los dos planos en los que se han de mover en primer lugar la escuela y, en segundo lugar los que la trabajan. No se sabe exactamente si el personal docente estaría en calidad de enseñantes, de maestros, de profesores, de tutores, de monitores, de cuidadores, de entrenadores, de vigilantes, de entretenedores o de qué.
Tal vez, llegar a ser –como diría Savater-“humano” resulta una utopía, sobre todo, porque requiere que la escuela y los mismos maestros, se enfrenten a la permanente dinámica de pensar, analizar, disertar, opinar, requiere un poco de sensibilidad y antes que esta requiere que los maestros se examinen, que pongan en cuestión la verdad de lo que son, de lo que hacen y de lo que son capaces de hacer.
Día a día, un maestro ordena y exige y si algún estudiante no cumplió su orden, se pensará cual será el mejor castigo, ya sea con una baja calificación o reportándolo ante la coordinación.
Un empresario se pregunta porque la secretaria no vino, pero un maestro se pregunta será que mando excusa, porque si no la envió no podrá presentar el examen. Cuántos profesores de educación física dan a todos los niños la tarea de darle 10 vueltas a una cancha en pleno medio día y con la incesante luz del sol, sin saber cuántos chicos tendrán problemas respiratorios, cardiacos o cuantos están necesitados de afecto.
Ahora bien, en las escuelas se lucha por hacer de los estudiantes personas más “humanas”, pero no deja ser teoría y, es realmente difícil hacer que la escuela enseñe a ser más humano, sobre todo porque las personas a las que les enseña viven en un país capitalista donde no importa cuantas veces se pise la cabeza del otro con tal de ser el mejor; entonces, atreverse a romper paradigmas implica directamente la muerte de la escuela misma.
Pero cómo decirle a un niño que puede tomarse el tiempo que quiera para aprender algún concepto, cuando la escuela y el mundo se mueven sobre el lema: “el tiempo es oro”.
Construir un concepto de maestro desde los cimientos de la humanización, es una tarea compleja, porque actualmente un maestro se ve enfrentado a multitud de situaciones adversas y hasta contradictorias en el campo de la educación. Esto hace que se confunda el rumbo y no se tenga muy claro, qué se espera que sea la persona puesta al frente de los estudiantes y qué se espera que haga. Ser y hacer, he ahí los dos planos en los que se han de mover en primer lugar la escuela y, en segundo lugar los que la trabajan. No se sabe exactamente si el personal docente estaría en calidad de enseñantes, de maestros, de profesores, de tutores, de monitores, de cuidadores, de entrenadores, de vigilantes, de entretenedores o de qué.
Tal vez, llegar a ser –como diría Savater-“humano” resulta una utopía, sobre todo, porque requiere que la escuela y los mismos maestros, se enfrenten a la permanente dinámica de pensar, analizar, disertar, opinar, requiere un poco de sensibilidad y antes que esta requiere que los maestros se examinen, que pongan en cuestión la verdad de lo que son, de lo que hacen y de lo que son capaces de hacer.
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