martes, 15 de septiembre de 2009

¡Qué nota!, esta nota, para mi profe de las notas

“Cuchilla dictaba historia al resto del bachillerato. Se hacía temer. Era su voz. Su gesto. Su filosa manera de burlarse en el instante menos pensado, de ti, de tus orejas, tu aliento de tetero y tus piernas torcidas, enano ínfimo, pacato, zafio, ¿cuándo aprenderás a pensar?, gili, memo, espantajo, eso nos decía, a gritos”[1].

Este era el profesor cuchilla, el temido, el gritón, el rajón, por el que todos hemos tenido que pasar alguna vez. Sin embargo, en esta ocasión, este no es mi caso.
Mi profe piensa que él es malo y escuelero, pero yo tengo argumentos para demostrar lo contrario.
Primero que todo quisiera aclarar que mi profesor es diferente, ni bueno ni malo, solo diferente, y aunque es criticado por unos, es un gran profesor. Sí, yo sé que hace parciales, que llama a lista y que también pone notas, pero, gracias a él la educación tiene sentido.
Exceptuando los parciales y sus particulares métodos de control, mi profe me ha dado una gran lección sobre educación, lección que él nunca repitió, sino que yo aprehendí desde su actuar. Qué seria de la educación si no existiera la diferencia, qué pasaría si todos los profesores pensaran y actuaran igual.
Hoy me siento orgullosa de decir que mi profe es diferente, y que gracias a él descubrí que la única finalidad de la educación –para mí- es reconocer a las personas como el valor del acto educativo; yo soy diferente de mi profe y mis compañeros también lo son, pero él reconoce en cada uno de nosotros una historia particular, y entiende que cada uno se constituye como actor y constructor de su propia existencia, así que cada quien decide, que importancia darle a sus clases.
Eso es de admirar, porque mi profe nos ve diferentes a todos y de cierta manera, observo cómo en sus clases se reconstruye la vida social, desde la educación que el da, aclaro, su educación es diferente, no por los contenidos, sino porque la educación para él, no es la institución que educa o que forma, sino que educación para mi profe –desde lo que yo percibo- son las personas que viven el acto educativo, de esta manera, mi profe valora la diferencia y es un profe que es y deja ser, que a través de sus clases y su educación permite que nosotros, sus estudiantes pensemos nuestra propia formación.
Volviendo al cuento, cuando digo que he podido deducir a través de mi profe, que la finalidad de la educación es reconocer a las personas como el valor del acto educativo, es porque, me encuentro frente a un profe que piensa, que siente, que se alegra, pero que también se entristece, un profe que sabe que todos sus estudiantes somos humanos y que nos da la posibilidad de pensar y decidir por nosotros mismos sobre los contenidos que él nos da, es decir, nos da la oportunidad de hacer que nosotros decidamos que información es más o menos importante para nuestra formación docente.
Yo he tenido profesores malos y cuchillas, y son profesores en los que a través de sus discursos uno puede observar que están fuera de la idea de reconocer que las personas –estudiantes- tienen mucho que aportar al acto educativo. Son profesores que se dedican a decirle al estudiante lo que tiene que hacer y lo que tiene que saber para poder hacerlo, son profesores que idealizan una sociedad perfecta, un ciudadano perfecto, uno que no se queje, que no piense, que se dedique a hacer lo que le enseñaron. Además esos profes manejan unas particulares relaciones de poder, es decir, un poder que es dirigido, que vigila, que castiga, que sanciona, que cohíbe, un poder que para ellos determina lo correcto y lo incorrecto, lo que se debe hacer y lo que no. Así no es mi profe.
Primero que todo, mi profe nos hace pensar y reflexionar sobre nuestro proceso de formación, el planea meticulosamente los contenidos igual que los parciales, pero solo pretende que nosotros sus estudiantes seamos grandes maestros. Además, cabe aclarar que tal vez mi profe también maneje sus particulares relaciones de poder, el está enfrente de todos, él califica los parciales, él llama a lista, el pone notas, pero hay algo especial en él y, es que, el trata de hacer que el poder sea compartido, lo digo, porque en sus clases, todos tenemos poder para decir o hacer algo.
Ahora bien, mi profe se cree escuelero. No sé a qué se refiere el con esta expresión pero, escuela es la vida misma, la palabra escuela tiene su origen en el termino latino schola -ae ("Ocio, lección, estudio, escuela"), que a su vez proviene del griego σχολή ("Ocio, tiempo libre"). Siendo así, ser escuelero, es ser un gran maestro, pero por ahora, mi profe es un gran profe, sus clases son muy serias y le molesta que alguien coma en clase, prefiere más estudio que ocio, así que por ahora, es mi gran profe.
Nunca entenderé porque los profesores se preocupan tanto por la nota, ni siquiera es importante, no les parece suficiente el número de identidad, sino que se la pasan inventado números para todo, el código, el parcial, el promedio. La evaluación no puede ser cuantitativa porque a los seres humanos no se nos puede reducir a un número. Eso es lo único que no entiendo de mi profe, el habla de corporeidad, de un ser bio-psico-social, de una mirada holística del ser humano, mi profe dice cosas maravillosas y humanas, pero no entiendo porque mi profe me sigue evaluando con números, no entiendo porque para mí profe, yo soy un 2.6. Tal vez nunca lo entenderé, o tal vez, comprenda a mi profe el día en que uno de mis estudiantes no entienda porque le doy un número a lo que él hace.
Para una nota, otra nota.
Jensy CalderónUna profesora en proyecto
[1] Rosero, Evelio José. Cuchilla. Ed. Norma. Bogotá Colombia. Pág. 12

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